sábado, 25 de noviembre de 2017

Catalina, la novia del Miguel (Campanarios de Valencia#4)


Exquisita orfebrería petra de la torre de "los plateros"
Fotografía: Isabel Balensiya. 


CIUTAT VELLA
La Seu

Callejero, estamos a 25 de noviembre, a un mes de Navidad, hoy se celebra Santa Catalina, y por esta onomástica quiero contarte la historia de otro campanario de la ciudad de Valencia, el de Santa Catalina.

Como bien sabemos, Santa Catalina fue una de las doce parroquias jauminas, que se crearon tras la reconquista en 1238 por Jaume I. Parroquia que fue construida sobre el solar de una antigua mezquita, y con el tiempo el templo gótico sufrió las consecuentes y estéticas reformas de la moda barroca, creando un nuevo campanario, que junto con El Miguelete, son las torres insignia de la ciudad de Valencia.
La primera piedra de esta nueva torre de campanas fue colocada el 5 de octubre de 1688, acabándose de erigir en 1705, y para que quedara constancia de ello, se colocó una lápida conmemorativa que en latín reza:
<< Este suntuoso campanario, a que felizmente se dio principio el año 1688 merced a la munificencia de los feligreses, en el presente año de 1705, cooperando tods, llevólo a cabo y con toda perfección Juan Bautista Viñes. >>

Según cuentan las crónicas, su primer arquitecto fue Valero Viñes, a quien le sobrevino la muerte en 1693, tomando así el mando de las obras su hermano Juan Bautista Viñes, quien fue el precursor de las formas barrocas en nuestra ciudad, que había sido discípulo del gran arquitecto Juan Bautista Pérez Castiel, quien le enseñó la moda del siglo XVII en la construcción.

La presente torre es uno de los campanarios barrocos más bellos  que existen en Valencia, de una belleza sublime e insuperable.
Se trata de una planta hexagonal, de cinco cuerpos coronados por un templete. Los pisos o cuerpos se pueden percibir desde el exterior por los cordones de piedra que rodean la torre. Las ventanas son abocinadas delicadamente barrocas, que permiten la iluminación del interior de la escalera. Escalera que según cuenta la leyenda urbana, no fue pedida en el contrato, y por lo tanto el arquitecto Viñes no construyó, y que habiéndose dado cuenta de este gran fallo arquitectónico, diseño una elegante y cómoda escalera de caracol.


La olvidada escalera. Fotografía: Isabel Balensiya. 


Vista al Miguelete, desde Sta. Catalina.Fotografía: Isabel Balensiya. 
Al igual que su novio El Miguelete, la torre de Santa Catalina, está profusamente adornada en la zona del cuerpo de campanas, con una serie de columnas salomónicas, con guirnaldas, enmarcando el vano, o portal rematado con un arco de medio punto.


Finalmente en el remate del campanario,  la terraza fue rodeada por una balaustrada de piedra, y para darle más altura a la torre (56 metros) se construyó un templete de doble altura, cubriéndolo todo con una cúpula con escamas petras, sobre ella el orbe mundi, y una veleta con la iconografía de la santa mártir y la cruz.
Una hermosa torre que costó a la ciudad de Valencia un precio de 10.000 ducados. Tanta importancia tuvo la presencia de dicha torre, que al final del siglo XIX, al abrirse la Calle de la  Paz, orientaron la vía para que al final de ella se alzara la vista de esta hermosa construcción. 
  

Una vez acabada, la bella Catalina necesitaba una voz, y esta vino con acento anglosajón, puesto que las campanas que sonarían en ella fueron de manufactura inglesa. Fue en el año 1729 cuando la entonces parroquia pensó que era insuficiente con las dos antiguas campanas de la torre medieval. Ahora necesitaban dotar de más voz a la novia de El Micalet. Para ello contactaron con un fundidor londinense, Richard Phelps, que fundió 6 hermosas campanas de gran calidad, acorde a la magnificencia de nuestra torre.

Campanas que los valencianos barrocos llamaron Luteranas, por su procedencia inglesa, las cuales llegaron en barco desde Londres hasta el puerto de Valencia, de ahí subieron por el navegable Túria de la época, hasta el puente del Real, donde colocadas en carros  profusamente adornados con guirnaldas, cintas de seda y murta, este hecho fue la expectación del año en Valencia. 
La mayor de esas campanas, fue la dedicada a la santa titular Catalina. Dicha campana con un peso de 1750 kilos, sufrió la desgracia de ser desprestigiada con el apodo de La Charra, por su parecido a una tinaja invertida. Tenía grabado sobre su broncínea superficie la inscripción de Ricardus Phelps Londini me fecit, como apuntó el cronista Tomás Güell.
La Catalina y sus cinco hermanas tuvieron un triste final, ya que fueron destruidas en 1915, cuando fue llevada a la parroquia de San Agustín, donde fue refundida para dotar de nuevas campanas a la torre neogótica, creando tres campanas nuevas y de tamaño menor.
Mientras que el resto de las “luteranas” fueron también refundidas para dotar de bronces a San Agustín y San Martín, en 1936.

El Eloy y al fondo la Asunción, 207 y 119 kgs.Fotografía: Isabel Balensiya. 

A días de hoy cuando existe la conciencia histórica y la importancia patrimonial, debido a la relevancia que tuvo esta gran campana Catalina, la mal llamada “Charra”, se ha pensado rehacer una réplica de dicha campana. Una idea surgida de una asociación de campaneros valencianos, junto con el sacerdote de Santa Catalina Martír. Un gran proyecto histórico cuyo presupuesto asciende a  60.000 € entre la fundición del bronce y la creación de su correspondiente yugo y errajes.

Por eso para hacer realidad el sueño de la antigua parroquia jaumina de contar con una gran campana, se pide a los valencianos que quieran colaborar con la gran labor de aumentarle la voz a la bella Catalina, ya sea a título personal, como de importantes fundaciones o asociaciones, que ayuden a financiar la campana y que La Charra vuelva a nacer de nuevo y que su sonido despierte todas las mañanas a los valencianos, devolviendo a la ciudad parte de su pasado sublime y barroco. 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Los ojos de Tiresias miran Valencia. (Los ojos de Tiresias #1)





Callejero después de ver varias aberraciones en nuestra ciudad he decidido abrir una nueva serie de artículos en Callejeando por Valencia. La cual he decidido llamarla “Los ojos de Tiresias”.
Ahora te preguntarás ¿Quién era Tiresias?
Se trata de un personaje de la mitología griega, un adivino tebano, un anciano ciego y sabio envuelto en gran misterio. 

Según cuenta la leyenda, cuando era un adolescente se encontraba cazando en el monte Helicón, y al acercarse a una fuente a refrescarse se encontró a la diosa Atenea bañándose en compañía de las Ninfas, entre ellas la propia madre de Tiresias. La diosa lo sorprendió y lo dejó ciego para siempre, pero por intermediación de su madre, le fue otorgado el don de la adivinación y el de la larga vida.
Porque Tiresias había visto, y podía contar, lo que no debía contar. Consecuencia de ello perdió sus ojos.

La metáfora de la historia consiste en que la ceguera está relacionada con la facultad de profetizar o interpretar el presente, porque Tiresias no se quedó ciego por ver a la diosa desnuda, sino por castigo de entrar en sitio sagrado. Por hacer algo que estaba prohibido.
La ceguera es el castigo por haberse sobrepasado, y la historia cuenta que no se tiene que hacer ciertas cosas, que hay cosas que no se tienen que ver. Que el  sobrepasarse se paga, y en ocasiones puede ser caro e irreversible. Produciendo la pérdida de la visión… 

Así pues los valencianos nos estamos quedando ciegos, Ciegos como lo fue Tiresias.
Porque hay algunos están haciendo cosas “prohibidas”, están sobrepasando los límites de lo permitido, de lo sagrado…  ¿y cómo lo hacen? Muy sencillo, atentando contra el Patrimonio, nuestras costumbres y tradiciones.

Por ello, esto va dedicado a todos los Tiresias , que andan sueltos por la ciudad cometiendo sacrilegio: pintando con grafitis los puentes góticos de la ciudad, la basílica de la virgen, rompiendo estatuas, o ensuciando y propagando la basura por sitios que para nuestros antepasados eran sagrados y se encontraban las tumbas de sus familiares.

Quizás estas palabras mías, se las lleve el viento… pero por intentarlo no cuesta nada, y desde aquí hago otro llamamiento a vosotros valencianos, y os pido que no seáis como Tiresias, no quedaros ciegos por "profanos", ni tampoco os hagáis los ciegos ante estas cosas y haced algo para proteger nuestro Patrimonio. Algo tan simple como RESPETANDO los lugares históricos.
Porque como sigamos así, con estas acciones, la Valencia de nuestros antepasados, desaparecerá de nuestra vista, y no porque no hayamos quedado ciegos, sino porque la habremos destruido.



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A continuación os dejaré unos ejemplos de lo que me refiero.
Si en tu callejear encuentras algo similar, puedes hacerle una fotografía y enviarla a: isabelbalensiya@gmail.com y la mostraremos en el blog, junto a una crítica, para el conocimiento de los demás valencianos.



CASO: PINTADAS EN PORTAL DE VALLDIGNA
Fecha: 20 de febrero.
La crítica que hice a través de Facebook:

<< De verdad no lo entiendo... ¿Que ganan haciendo esto ? Si bueno... que salga en presa o en las redes sociales criticando. Pero ¿Que les otorga? ¿Acaso hay alguna recompensa? Cuando veo esto un fuerte pinchazo me recorre el cuerpo, quizás mi alma artística se lamenta así... esto me hace preguntarme ¿entonces que siente la persona que hace esto? ¿Será valenciano? ¿Qué tipo de cultura y respeto le han enseñado?
Señores... de verdad es muy triste observar cómo atentan contra el patrimonio de tu ciudad.>>





CASO: PUESTOS DE BEBIDA EN SANTA CATALINA
Fecha: 28 de junio.
La crítica que hice en Facebook:

<< ¿Acaso habrá un concurso sobre esto, y Valencia quiere ganarlo?
¡¡ Por favor parda ya de hacer estas cosas !! Tenemos que respetar nuestro Patrimonio, ese muro cuenta historias de nuestro legado, de lo esperpéntico que podemos arreglar una pared, y del vestigio de unos arcosolios, que en tiempo atrás fueron las tumbas de algunos nombres y adinerados de la ciudad.
Hay que tener un respeto por el sitio, además de ser un antiguo lugar de enterramiento cristiano está en la fachada de una iglesia. Y por lo tanto (dejando de lado la ley del patrimonio) es un lugar de leyes "divinas" y eclesiásticas. ¿Acaso estas personas, les gustaría dentro de 700 u 800 años que alguien sobre el lugar donde descansaron sus cadáveres colocarán una barra de bar? Curiosa pregunta... quizás sí que les gustaría tener una barra de bar dispensadora de cerveza y otros licores. Pero realmente alteraría el recuerdo de que aquello en un tiempo atrás fue un lugar sagrado.

sinceramente, seamos o no creyentes, seamos de una religión u otra, un lugar sagrado sea a la divinidad que sea, o simplemente pagano a los espíritus de la naturaleza... SIEMPRE hay que respetarlo .>>

Fotografía de Circulo por la Defensa y Difusión del Patrimonio Cultural.


CASO: EL BAR DE SANTA CATALINA
Fecha: 5 de noviembre 
La crítica que encontraréis en mi Facebook: 

<< Unos meses atrás ya estuve comentando, que habían instalado una barra de bar delante de los arcosolios de santa Catalina, antiguas capilla funerarias que la iglesia tuvo en la antigüedad. Y que desde mi punto de vista es una falta de respeto hacía la memoria de los que allí una vez reposaron, y sobre todo por utilizar el patrimonio arquitectónico de tal modo.

Así pues tenemos una nueva moda en la ciudad, "Los Arcosolios de Santa Catalina" una nueva barra de bar un tanto improvisada y algo rústica, pues las copas se apoyan sobre la antigua piedra de un edificio BIC... Quizás  es que sea yo algo ignorante y no me haya enterado de que BIC puede que sea las siglas de "BEGUDA I CIGARRESTS" ... o quizás son ellos, los que no se han enterado que BIC significa: BIEN DE INTERES CULTURAL.

Porque si no os habéis fijado, cuando pasas no solo están las copas con los resto de bebida, sino también los restos de cigarrillos, otras cosas "decorando" el lugar, dándole esa imagen tan característica y propia que tiene otro barrio de Ciutat Vella, como es El Carmen, donde el olor a resto de bebida, se junta con el de orines.
Por desgracia no hay nada, ni nadie que indique que esto, no se debe realizar. La gente hace ojos ciego de esto, no mira, ni tampoco quiere mirar, así que si tú eres de los que sale de fiesta, por favor deja tu copa encima de la mesa, o en algún sitio apropiado, porque no cuesta nada. Y si eres padre jóvenes festeros, di a tus hijos que después de la fiesta, hay que recoger lo utilizado.
Porque es un gesto que no lleva más de unos pocos segundos, y al día siguiente la ciudad se despierta recogida y limpia. >>




miércoles, 1 de noviembre de 2017

El Eucalipto del Cementerio de Valencia. (Árboles Extraordinarios


El eucalipto de la entrada del cementerio.
Fotografía Isabel Balensiya. 


JESÚS
Camí Real

Callejero quizás en una de tus visitas al cementerio de Valencia, hayas oído un leve murmullo que te haya hecho estremecer el alma... tranquilo que no son las voces de los muertos que moran en esos muros que se levantan a tu alrededor. Mira más arriba de ellos y podrás admirar un gran árbol en una de las entradas a la necrópolis.

Se trata de un ejemplar de Eucalipto blanco o común (Eucalyptus globulus). Este árbol es originario de Australia, - donde podemos encontrar hasta 700 especies distintas - pero gracias a su rápido crecimiento se extendió por todo el mundo para utilizar su madera para la industria papelera.

Es una especie perenne de porte recto, que puede sobrepasar los 60 metros de altura. Es fácil identificarlos por su característica corteza de color marrón clarito que se desprende a tiras, que deja marcas grises en la corteza inferior con un tacto más liso. Sus hojas son alargadas de color que varían desde un gris a un verde azulado que contienen un aceite esencial, con un olor balsámico con propiedades curativas, lo podemos utilizar como desinfectante natural y para despejar las vías respiratorias.

Aborigen australiano haciendo sonar el didqeridoo
Sin duda es un árbol que tiene mas beneficios que maleficios, pero cuentan que donde es plantado no crece nada más ya que con sus poderosas raíces va succionando toda el agua y nutrientes de la tierra para alimentarse, además de que crece muy rápidamente en relación a otros árboles. Pero hoy en día de Todos los Santos, no es momento para hablar de botánica, sino de historias de ánimas y la de este árbol tiene algo que ver con el dia de hoy: Cuenta la leyenda que en el origen de los tiempos, había un grupo de aborígenes australianos buscando leña para hacer una fogata para claentarse antes de que cayera la noche y mientras se afanaban en recolectar la leña en el bosque, empezaron a escuchar un extraño sonido. El miedo les hizo detenerse y salir corriendo, pensando que eran espíritus de muertos y seres malignos que les susurraban para espantarlos, pero comprendieron los que allí se quedaron intrigados, que ese sonido era un tanto agradable, y observando las ramas de eucalipto se percataron que el sonido era del viento que se filtraba a través del tronco de un eucalipto que estaba ahuecado por las termitas. Esta anécdota dio origen al didqeridoo, un largo instrumento de viento hecho de madera, que se utiliza en ritos antiguos para conectarse con los espíritus de los antepasados. 

Ubicación en el mapa 


Todas las entradas de los árboles extraordinarios de Valencia, se las dedico a mi abuela, quien me enseñó la afición por la jardinería, y el gusto por los árboles contándome las historias y nombre de todos ellos junto el de las flores. 

sábado, 14 de octubre de 2017

LA GRAN RIADA, el día que Valencia lloró barro.







Callejero, un 14 de octubre de 1957... una fuerte desgracia inundó nuestra ciudad.
Quizás seas demasiado joven para saber lo que ocurrió, quizás viviste esa trajedia en tus propias carnes y marcó tu familia y tu vida... 


Por eso hoy, que se cumplen 60 años de aquel fatídico día quiero relatar esto, como un homenaje a todos los protagonistas de esa historia. 




La Valencia del año 57 era una Valencia en blanco y negro.
Una ciudad de tamaño medio, con aspiraciones medias. La economía no se mostraba alegre y una buena parte de la culpa, la había tenido la gran helada de la cosecha de cítricos de 1956, que si a Valencia la había dejado sin una parte sustancial de sus recursos, a España le había secuestrado sus divisas. 
Los tranvías recorrían unas calles sin apenas coches, donde solo 35 semáforos regulaban el tráfico en los cruces más peligrosos. 
El viernes 11 de octubre, la Jefatura de Tráfico concedió la última matrícula del día V-45347. Los teléfonos no llegaban a 50.000, los guardias municipales apenas pasaban de 500 y los recién salidos Seat 600 se compraban  a 65.000 pesetas (20.000 euros de ahora). Había aún una docena larga de herrerías en la ciudad, cientos de ultramarinos y no pocas vaquerías. No había emisiones regulares de televisión y la radio era la dueña suprema del entretenimiento familiar. En la Lonja de Pescado el bacalao se cotizaba de 8 a 14 ptas/kg. Las cigalas entre 35 y 53 ptas/kg y los langostinos, reservados para los más privilegiados, entre 135 y 140 ptas/kg.

Esa Valencia fue la que recibió entre los días 13 y 14 de octubre un mazazo en forma de  riada, un duro golpe del que tardó en reponerse, pero que sirvió de aldabonazo, de punto de partida hacia una Valencia moderna. Valencia aprovechó la oportunidad y transformó el dolor y la conmoción en energía creadora que impulsó a la ciudad hacia una nueva época. 


Aunque poca gente lo recuerde, el día 12, sábado, ya hubo inundaciones en la ciudad. De hecho se recogieron 57.1 l/m2 y los bomberos tuvieron que intervenir en algunas zonas.
El domingo 13 de octubre llovió poco sobre Valencia (2,8l/m2) La ciudad vivió su día de fiesta de la Hispanidad con un aire de aburrida normalidad, sólo alterada por la gran cantidad de vecinos que pasaban en cama la epidemia de la gripe, llamada ese año “la asiática”, que se caracterizaba por dar mucha fiebre y bastante malestar.

Resultado de imagen de el ultimo cupleA las tres y media de la tarde seguía sin llover. Y se formó una larga cola frente al cine Lys, donde se proyectaba por última vez, después de 22 semanas de grandioso éxito, “El último cuplé”, el gran reconocimiento popular de Sarita Montiel. En el Goya programaban ese día “Sissi Emperatriz”, en el Capitol “Duelo en la jungla”.
La noticia estrella del mes era sin duda el lanzamiento del “Sputnik”, el primer satélite artificial de la Tierra, lanzado por la Unión Soviética sólo 10 días antes. 


La tarde en la ciudad transcurría calmada, aunque el cielo estaba muy cerrado. La gente no lo sabía, pero en las tierras del interior estaba diluviando casi sin interrupción durante todo el día. El imaginario polígono configurado por las ciudades de Lliria, Segorbe, Chelva, Requena y Buñol había recibido intensísimas precipitaciones. De modo que los ríos Palancia y Mijares en Castellón, más el barranco Carraixet y los ríos Magro y Túria en Valencia, estaban creciendo de forma alarmante.

“Señor Gobernador: Llamó para informarle de que el río viene muy fuerte. Se está saliendo sobre las huertas, llega a la población y tiene una furia nunca vista. Esto es grave. En unas horas tendrá en Valencia una gran riada”.

Este mensaje llegó al filo de las 21:00 hrs. procedente de Pedralba. Don Francisco Calduch Navarro, trabajaba por aquel entonces en la Dynamis, una de las más antiguas centrales hidroeléctricas del Túria, a escasos kilómetros de Pedralba. Fue él, quien desde un  teléfono de campaña abandonado por las tropas de la república tras la guerra, pudo ponerse en contacto con Llíria, donde aún funcionaban las líneas y desde donde se pudo avisar al marqués de la Bastida, José Puchol, quien finalmente avisó al gobernador civil. Sobre las 22:40 hrs. se informaría de nuevo desde Pedralba que el río llevaba 6 metros sobre su nivel habitual.


Central hidroeléctrica Dynamis.
Sobre las 23hrs. se decidió dar la alarma: guardias civiles y policías, serenos y vigilantes, avisarían a los vecinos en las zonas más expuestas a la fuerte avenida que estaba por llegar: Campanar, Tendetes, Marxalenes, Sagunt, Zaidía, Blanquerías, Alameda, Jacinto Benavente, Monteolivete y por descontado, Nazaret y Cantarranas, el Grao, el Cabañal y Malvarrosa. A esa hora, las emisoras de radio valencianas, siguiendo instrucciones de las autoridades interrumpieron sus programación habituales y emitieron mensajes de alerta ante la llegada de una fuerte inundación.

El gobernador civil D. Jesús Posada Cacho y el alcalde D. Tomás Trénor Azcárraga, con sus respectivos secretarios y ayudantes, más algunos concejales partieron hacia la Comandancia de Marina, muy cerca de la desembocadura del Turia. No mucho después, sobre las 23:30 hrs. el caudal del Túria superaba sus límites en la presa de Manises y se hacía imparable en “La Cassola” de Quart de Poblet.


Presa de Manises 
Y en Valencia, misteriosamente no llovía. El agua subía y subía de nivel y entre las 24 y la 1 de la madrugada creció más de 2 metros y aumentó su furia. 

A la 1 y media de la madrugda el Túria llevaba 1000m3/seg. A esa hora, el puente entre Quart y Paterna había sido superado por las aguas, que en Mislata habían triplicado el ancho natural del río, que al llegar a Campanar, amplia los borrosos márgenes habituales.
El Camino viejo de Xirivella, la calle de Castán Tobeñas, las inmediaciones de la cárcel Modelo y el Paseo de la Pechina fueron las primeras zonas en sufrir la inundación. Al llegar a la barrera del Puente de Campanar, con la que se iba estampando más y más maleza, el agua pugnaba por continuar y lograba abrirse paso por la orilla izquierda y el Túria se derramó con furia sobre la huerta inocente de la partida de Sant Pau, en Campanar, y más allá, hasta Tendetes. En la orilla derecha, el agua brava se metía en la cárcel de mujeres, en el Matadero Municipal y dejaba como una isla el edificio Ferca, de los agentes comerciales, donde moría la Gran Vía de Fernando el Católico.

El barrio de Tendetes, al fondo al otro lado del río, el Jardín Botánico

Fallaban los teléfonos y las luces de las calles, el agua potable perdió presión, comenzó a manar sucia y la electricidad faltó en la mayoría de los barrios. Los teléfonos se colapsaron por falta de líneas y por exceso de demanda. Docenas y docenas de trapas del alcantarillado, pesadas como losas, fueron despedidas por los surtidores que desde el subsuelo comenzaron a vomitar agua sucia sobre las calles. 




El agua afectó a gran cantidad de chabolas situadas en pleno dominio público hidráulico, a pesar de que el 1 de octubre de 1949, tras la última crecida del río, se prohibió la ocupación del cauce frecuentemente seco y hacía perder la memoria de que por donde una vez pasó el río, seguramente lo volvería hacer. Muchos de los fallecidos vivían en estas chabolas.


Una de las chabolas que la gente humilde
tenía dentro del cauce del río. 
Valencia, en la madrugada, tenía gritos de terror, crujidos de cristales reventados, de muebles que flotaban, y muchos valencianos, a ambos márgenes del río, se estaban ahogando en silencio.
La Plaza de la Virgen no se mojó. La calle del Micalet, y la plaza Reina quedaron secas.
El Palacio Arzobispal estaba sin inundación, como la subida del Palau. La Valencia romana quedó intacta: la primera colina de la ciudad demostró que los fundadores eran sin duda gente muy inteligente, que sabía dónde tenían que situarse.



Plano donde se distinguen las distintas de zonas de la ciudad afectadas. 

En cambio, el antiguo ramal del río, que transcurría frente a la lonja, pasa por la Plaza del Ayuntamiento y la calle de las Barcas hasta llegar a la ciudadela volvió a ser río. Este antiguo ramal era el que abrazaba por el Sur la isla original sobre la que se fundó la ciudad de Valencia.


Calle de las Barcas.
A las tres de la madrugada el Túria alcanzaba, en Manises, un nivel 8 metros superior a lo normal. La ciudad recibía en esos momentos 2000m3/seg. Y el caudal seguía creciendo.

Después del puente del Ángel Custodio, tras socavar los cimientos del puente del tren a Barcelona, el río dejaba atrás a la ciudad herida y se enseñoreaba del espacio, camino del mar: Alquería de Tatay, Senda Carmona, Fray Galiana y Poeta Sanmartí. Arrabales en la huerta, frente al camino de las Moreras.

El cementerio del Grao fue destrozado, quedando los ataúdes  a la vista fuera de los nichos. 

Nazaret, Cantarranas, Malvarrosa, el Grao, Cabañal, Canyameral… la tragedia se extendía y la riada había comenzado a llegar al mar.


La gente, consternada, había dejado ya de oír la radio porque faltaba electricidad. Sólo los dueños de los aún escasos radiotrasmisores escuchaban los mensajes de alerta de Radio Nacional, de Radio Valencia, donde al final también faltó la energía y todo se  hizo silencio.

El río siguió creciendo. El que estaba seguro, intentó cerrar los ojos y no pensar. Y aunque muchos miles durmieron a pierna suelta, sin enterarse siquiera que había una riada, para otros miles fue una noche que jamás olvidaron.

El Túria, a las 4:30 de la madrugada, alcanzó su caudal máximo en esta primera riada, 2.700 m3/seg. A partir de esas horas descendió lentamente el nivel de las aguas, que se fueron retirándose de las calles de la ciudad a lo largo de las dos horas siguientes. En la presa de Manises el máximo sobre el caudal normal fue de 8 metros. Y a las seis de la madrugada ya se había reducido a 4 metros, cuando empezaba a amanecer.

El ruido del agua se mezclaba con el silencio de la ciudad. No había circulación, no había coches, no había claxons. La gente no hablaba tampoco. Se oía pasar un mar espeso de color chocolate. Pero el hombre callaba.




Las principales autoridades valencianas, alcalde y gobernador, pasaron la noche aislados en la Comandancia de Marina,  rodeados por el agua y sin comunicación con el exterior. Por tanto, el gobierno central, durante varias horas, estuvo cabalmente ignorante de lo que ocurría en Valencia, y las autoridades pasaron horas en la impotente situación de contemplar la inundación son poder hacer nada al respecto. 

No fue hasta mediodía del día 14 cuando mediante un camión grande, fueron rescatados de la Comandancia de Marina, convertida en una isla, las principales autoridades.

Aislamiento e incomunicación fueron las claves de las primeras horas entre las autoridades, que habían de tomar las decisiones principales. A las 12 de la mañana del día 14, cuando los acontecimientos parecían tender a serenarse y ya se pensaba en la recuperación del susto, nadie podía suponer que lo peor estaba por venir.

Cada casa, cada portal, una  historia distinta, llena de angustias. Radios que enmudecen, temores que se confirman, sueño imposible y espera del ausente. La mañana del 14 de octubre, para miles de valencianos, fue la del estupor, la de preguntarse qué le había sucedido a su ciudad.

Hacía la una de la tarde, en Gobierno Civil y en el Ayuntamiento, no había duda alguna: la nueva inundación, mayor que la primera, llamaba a la puerta.
A partir de mediodía la confirmaron todos los puntos de referencia situados en el cauce del río, desde Pedralba hasta Villamarxant. En este último pueblo, poco después de la una de la tarde, el río iba mucho más alto que en la noche anterior. 


El caudal era de 3.500m3/seg, (superaba el caudal del Nilo con 2.830 m3/seg) superior al de la primera inundación, y ésta tardó más de 2 horas en recorrer los 30 km finales hacia el mar. La segunda riada llegó a la capital sobre las 14:30 h. Curiosamente en estos momentos una tormenta que llegaba a su vez desde el interior provocó el diluvio. El cielo y el río se pusieron de acuerdo esta vez para apuntillar a la ya herida ciudad de Valencia.


Muchos valencianos perdieron sus hogares,
las ruinas, como la de la imagen, se repetían por
 toda la ciudad
.
 Ahora cedieron los cimientos, castigados ya durante muchas horas. Cayeron casas y puentes. El río amplió sus marcas y se abrió paso por una rambla, que según los estudiosos, había discurrido veinte siglos atrás: El Carmen, la Plaza de Sant Jaume, la Bolseria,  el Mercado y la calle de las Barcas. Era el curso secundario que terminaba de abrazar la isla donde se asentaron los fundadores romanos.


La mayor parte de los muertos los causó la primera venida, la que llegó de noche y a traición, pero esta segunda hizo el daño mayor, tanto por la fuerza inusitada de las aguas, como por la altura que alcanzó, metro y medio superior a la noche anterior.

El informe del general Gómez-Guillamón calculó que la  zona inundada, desde el azud de Rascanya al Mediterráneo era superior a 2.200 hectáreas. Desde las calles más señoriales hasta insólitos parajes rurales estaban bajo el agua, desde cementerios a industrias químicas. 
Hubo angustia en los molinos y en las casas de riego donde nacían las viejas acequias, que sangraban al Túria y también la hubo ante los escaparates de las tiendas de mayor solera. La ancha franja ribereña, que se había inundado en la noche anterior, se ensanchaba ahora generosamente, hasta cubrir prácticamente toda la ciudad antigua, excepción hecha una vez más de la colina fundacional que tiene su centro en las plazas de la Reina y de la Virgen.

La ronda entera, las Grandes vías y el Ensanche, hasta las puertas de Ruzafa, eran del agua. Después se inundó la huerta de Monteolivete, hasta Nazaret y la Punta, y en la orilla izquierda desde el Llano del Real y la Alameda hasta Alboraya.

Puente gótico del Mar
Todos los valencianos aprendieron aquel día, que los puentes que resistieron sin inmutarse las dos grande avenidas del Turia fueron los cinco clásicos: San José, Serranos, Trinidad ,  del Real y del Mar. Todos los demás puentes, sufrieron notables deterioros. Los puentes clásicos, los  góticos, se comportaban  de maravilla, el agua circulaba sin problemas aunque llevara residuos o troncos.


Sobre las 18:30 las aguas fueron amainando. Había un millar de calles y plazas convertidas en lagos de cieno y basuras. Unas 10.000 personas habían visto violada la intimidad de su casa, inundada, cuando no destruida, y muchos de ellos, sobre todo en la zona de Nazaret, esperaban sobre los tejados de las casas a ser rescatados.

Cuando el agua fue desapareciendo, las calles de la ciudad afectadas formaban una mezcla de barro, ramas de árboles, muebles y cuerpos inertes.

Hay miles de historias individuales que sirven para dar una idea de la magnitud de la tragedia. Muchos de los fallecidos encontraron la muerte mientras dormían en plantas bajas, que se conviertieron en verdaderas trampas mortales. Otros, pudieron ser avisados y subieron a los pisos más altos, viendo impotentes desde los balcones como el agua entraba en sus casas y acababa con todas sus pertenencias y recuerdos. Algunos tuvieron incluso que ser rescatados a través del techo de sus casas cuando el agua les llegaba al cuello. Muchas iglesias sirvieron de refugio en aquellos barrios donde con más saña se empleó el  agua. 

Tragedias como la de la desaparecida calle Peñarrocha, donde tres pequeños fallecieron, dos hermanos y un primo de estos, mientras la madre los oía gritar desde la habitación contigua, donde había ido a salvar a su otro hijo, e impotente no pudo hacer nada para salvar a los otros tres. 
Este fue uno de los muchos ejemplos de la tragedia que vivió Valencia en una fecha que quedó grabada en forma de lodo, agua y muerte en su historia.

Quizás, una de las zonas más afectadas fue la zona de Nazaret, donde más de 5.000 personas se quedaron sin hogar. En la terraza de una granja de gallinas se refugiaron entre 70 y 80 personas, y allí estuvieron durante dos días y dos noches, sin nada de comida, ni agua, viendo como un río desbocado arrastraba vacas, caballos, pavos, gallinas, y toda clase de animales ahogados. El miedo se convirtió en espanto cuando empezaron a ver desfilar ataúdes, probablemente del cementerio del Grao que quedó arrasado por las aguas.


España entera, se volcó en ayudar a Valencia. Una Valencia herida descubrió la gran solidaridad que demostró todo el pueblo español, e incluso extranjero, a través de envíos de comida, medicamentos y dinero. También se abrió una suscripción anual a favor de Valencia.


Anillo del Arzobispo Marcelino Olaechea
Se organizaron diversas subastas por toda España para recaudar fondos. Famosa entre ellas fue la subasta de Radio Juventud de Murcia, que de la mano de un joven locutor  de 19 años, Adolfo Fernández Aguilar, consiguió que su programa, en principio local, tuviera una repercusión nacional, y donde se llegó a subastar el anillo pastoral del Arzobispo de Valencia Don Marcelino Olaechea por más de un millón de pesetas. Uno de los barrios que se construyó en la ciudad para dar cabída a los damnificados recibió el nombre de la Fuensanta, en honor a los murcianos y la forma que se volcaron con Valencia. 

Comenzaba ahora a entablarse una nueva lid "La Batalla del Barro"


Los vecinos se juntaban para colaborar a limpiar las calles. 
El término Batalla de Barro lo acuñó Martin Dominguez en “Las provincias” el 22 de octubre, la batalla del barro se inició de inmediato, la actividad empezó en cuanto las aguas se retiraron y los valencianos se dieron cuenta, con pavor, que la ciudad había quedado cubierta por una capa de lodo mezclada con enseres, ramas, troncos, cañas... Muchas partes del limo veían de capas de cultivo sin nada plantado en esa época del año y por tanto desprovistas de protección.

El ejército redujo la Batalla del Barro a unas 6 semanas cuando se temían que durará 6 meses. Cuando se quitó todo el barro y se secó el suelo, llegó el polvo. Algo más de 3000 soldados y 200 vehículos de todo tipo retiraron 1.120.000 toneladas  de barro, encontrando un promedio de 25 cm de barro en el suelo. Sirva un símil para hacerse a la idea de la cantidad de barro que estas cifras suponían : harían falta un total de 86.154 camiones bañera de tres ejes, de los que hoy en día se utilizan para movimientos de tierra, cuya capacidad de carga es de 13.000 kilos, para cargar toda esa cantidad de barro. Si se pusieran uno detrás de otro estos vehículos, cuya longitud es de 8 metros, formarían una hilera de 689 km. 


Llegó el momento de contabilizar las pérdidas...

Muchos se ha hablado de la cifra de muertos que dejó tras de sí la riada, y aún a día de hoy no está muy claro cual fue la cifra real de fallecidos. El porqué de este misterio hay que buscarlo en dos factores principalmente. Por un lado, no hace falta recordar que nos encontrábamos en pleno régimen franquista, donde tanto la censura como la manipulación de cifras y datos estaba a la orden del día, por otro lado en aquellos momentos había muchas personas indocumentadas que no existían en los papeles ni en los censos, gente que vivía en la pobreza, o incluso aún intentaba pasar desapercibidos desde la Guerra Civil. Muchos de ellos vivían en las  chabolas que poblaban el  cauce del río turia, y muchos de ellos murieron y desaparecieron en manos de la corriente sin que nadie los  reclamara. Se han manejado muchas cifras y parece ser que se superaron con creces el centenar de muertos.

Como en casi todas las tragedias, la desgracia se cebo con los más débiles el 63% de los fallecidos eran niños menores de 15 años y un 36 % ancianos. El río que muchas vece es símbolo de vida, esta vez  fue sinónimo de muerte. 


Como en todas la tragedias, se hicieron multitud de estudios para evaluar las pérdidas y los datos que barajaban unos y otros fueron muy diferentes. Es evidente la dificultad de hacer una evaluación en una situación como esta, en la que la zona afectada fue tan grande y se vieron dañadas empresas, casas, infraestructuras públicas, campos agrícolas, etc. Podemos aceptar que las pérdidas se situaron entre los 3000 y los 5000 millones de pesetas. 




Con todo lo que sucedió en la ciudad de Valencia, hizo que se tomará una solución que cambiaría el plano valenciano para siempre, El Plan Sur... pero eso es otro capítulo de nuestra historia.



lunes, 9 de octubre de 2017

El Centenar de la Ploma, la escolta militar de la Real Señera.



Callejero, hoy, mientras recorres las calles de Valencia, quizás portando contigo una señera que con gran cuidado no querrás soltar en todo el día, pasarás por la Calle de las Barcas. Te ruego que si pasas por ahí, te detengas un instante en el número 15, frente a la fachada del Teatro Principal.

La razón es que hace muchos siglos atrás ahí, en el solar donde se levanta el teatro, existía un lugar donde habitaban los custodios de la Real Senyera. Ahí en ese lugar se halla la Casa de los Ballesteros, más conocido por nosotros con el nombre de El Centenar de Ploma.

¿Pero qué era está institución?

Antes de explicar esto, hay que recordar que nuestra insigne Señera, tiene el rango de real, es decir que tiene el mismo estatus de un rey, en reconocimiento a la resistencia puesta por Valencia a Pedro El Cruel de Castilla, durante la Guerra de los Pedros (1356-1365), concediendo al Reino de Valencia el derecho de usar sobre sus armas la corona real.

Con una bandera con rango de realeza, debía de tener una escolta digna de un rey, por eso unos años antes, el 3 de  junio de 1365, se creó una institución militar formada por 100 ballesteros, llamada El Centenar de la Ploma, con la misión de proteger y escoltar la Real Senyera en todas sus salidas, ya fuera en tiempo de guerra o paz, para su salvaguarda y defensa. 

Esto se sabe por el documento más
 antiguo que se conoce sobre la Companyia del Centenar de la Ploma, es el Real Privilegio otorgado por el rey don Pedro el 3 de junio de 1365, en el sitio de Murviedro, relativo a la manera de elegir los componentes de la Compañía. Por otro lado está el Privilegio concedido en Monzón, el 23 de julio de 1376, Pedro II de Valencia y IV de Aragón, determinan el carácter y función de la Compañía, es decir que cuando la  la Bandera salga del cuartel, vaya escoltada por los 100 caballeros armados, que paga la Ciudad. 

Esta nueva compañía iría a reforzar a los originales Ballesteros de la Ploma. La diferencia está en que en la primera compañía todos eran artesanos y en la segunda podían ser sus integrantes nobles o plebeyos. La ciudad aprobó las ordenaciones de los 100 jinetes en 1391. 

Unos años después se descubrió que 
 la Companya del Centenar de Ploma, era más antigua de lo que se pensaba. En el año 1604 durante una reunión de las Cortes Valencianas  presidida por el rey Felipe III, y en las celebradas en Monzón presidiadas por Felipe IV en el año 1626, se dieron cuenta de  “la Companyia del Centenar de la Ploma fue instituida por la Magestad del Senyor rey en Jaume lo Conqueridor”.

¿Pero porque de la Ploma ?

El nombre procede de la pluma (ploma en valenciano) que el centenar de soldados llevan como adorno sobre los yelmos que cubrían sus cabezas.  “Lo más distintivo de su indumentaria constituía además, en una sobrevesta blanca de lienzo con la cruz roja de San Jorge, una sobre el pecho  y otra a la espalda. Su lema era: In te Domine, speravi, non confundar."

La compañía tenía el campo de instrucción o de maniobras en las afueras de la Ciudad. En tiempos de paz organizaba torneos y competiciones, donde los trofeos eran copas o cucharillas de plata. Constantí Llombart escribió una pieza teatral “La copa d´arget”, donde se hace eco a estas competiciones. Al frente de la milicia estaba el capitán, cargo que ostentaba la Justicia Criminal de Valencia por delegación del Consell de la Ciutat, a quien correspondía la responsabilidad de la dirección y mando de la fuerza. Este estaba apoyado por los oficiales y los “caps de dehena”, cada uno de estos últimos mandaban directamente sobre diez hombres.

La Compañía del Centenar de la Ploma, como toda institución medieval, sociedad teocéntrica, estaba imbuida de un profundo espíritu religioso. Los ballesteros formaban una asociación religiosa o cofradía bajo la protección de San Jorge, la cual fue establecida, por el antes comentado, Privilegio del rey Pedro II de Valencia y IV de Aragón, fechado en Valencia el 10 de julio de 1371. Los Estatutos de la Cofradía fueron confirmados posteriormente por Juan II en 1393 y por Fernando II en 1479. La Cofradía tenía cerca de su casa la Iglesia de San Jorge, consagrada a la Virgen de las Victorias, donde celebraban su culto los miembros de la Orden de San Jorge de Alfageme, que luego se uniría y fusionaría con la Orden de Montesa.

Desapareció la Compañía del Centenar de la Ploma con el advenimiento al trono de Felipe V, después de la batalla de Almansa, que supuso para el Reino de Valencia perder sus fueros, instituciones y otras singularidades. Fue una forma de vengarse por el apoyo que en el Reino de Valencia tenía al arquiduque Carlos. Siendo este el fín del Centenar de la Ploma.  


Esta ha sido la historia de la custodia de la Señera, donde muchos hombres ofrecieron su lealtad y coraje por defender la Senyera, que hoy 9 de Octubre honramos orgullosos.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

El león de la víspera de San Miguel ( La Valencia Negra # 5)



Callejero, el otoño ha llegado a las calles de Valencia y mientras las recorres en tu rutina diaria, quizás hayas oído nombrar la historia del león de Valencia.
Para saber de esta historia tenemos que ir hacia atrás en el tiempo, concretamente a un 27 de septiembre de 1517, hace hoy exactamente 500 años…

Ese día, cuentan las crónicas, que una fuerte tormenta cayó sobre Valencia y que en mitad del terrible aguacero muchos vecinos vieron un extraño animal, similar a un león, paseándose por las calles, rugiendo y amenazando a todo aquel que encontraba a su paso.

Sabemos por el investigador Fontana Tarrats, experto en incidencias meteorológicas antiguas sobre nuestras tierras, que la riada de 1517 se originó a causa de unas lluvias que habían comenzado 40 días antes del desbordamiento del Túria. El rio se desbordo el 27 de septiembre 
a las 16:00 horas,  se  inundaron casi todos los barrios de Valencia,  el agua sobre pasaba los puentes e infinidad de casas se vinieron abajo. Existe documentación que testimonia que  desaparecieron 70 viviendas en la calle Murviedro (actual zona de la calle Sagunto).

Al día siguiente, la tormenta ya había pasado, pero la calma aún no se había hecho presente, ya que la Valencia de nuestros antepasados, estaba arrasada por las aguas de un terrorífico Túria y centenares de muertos aparecian esparcidos por las calles. Y mientras los supervivientes a esta catástrofe intentaban reponerse de lo ocurrido, el león de la víspera de San Miguel – como fue conocido este hecho -  seguía haciendo de las suyas, tanto temor causaba a los valencianos, que estos no se atrevían a salir de sus casas al caer el anochecer por miedo a encontrarse con el monstruo.

El cronista Gaspar Joan Escolano recogería en su obra: Segunda parte de la década primera de la historia de la insigne y coronada ciudad y reyno de Valencia (1611) esta descripción del león de Valencia:

<< A esta calamidad del agua, se juntó en Valencia otra no menos espantosa y fue, que aquella noche misma del diluvio, fue visto andar bramando un león por las calles, que realzaba el horror en los corazones de los miserables ciudadanos. Al principio se entendió que se habría soltado alguno de los que habitan en la leonera del Palacio Real. Pero desengañándose presto, porque apenas le veían unos en una calle, cuando se les hacía invisible y se sentían gritos  en otra muy apartada donde se aparecía de nuevo, y a este tono en un instante se mostraba en diferentes cabos, y al acometerle se desaparecía: y como lo contaban a voces y atónitos, lo que le había  visto a los que no, decían estos que aquellos tenían dañada la imaginación, y el corazón tan perdido de la pasada fortuna, que se les antojaban leones las sombras. Más los que realmente le habían visto, se enfurecían contra los incrédulos y venían a las manos sobre ellos. Yo he creído siempre que aquel era el ángel  percutiente, comisario de la justicia de Dios, a quien se había cometido el castigo de nuestra ciudad. Pero quien quiera que él fuese, le quedó nombre de león de la Germanía >>

Pero esta descripción varía según los testigos, pues unos aseguran que semejaba a un león de grandes proporciones y otros en cambio, que se parecía más a un buey que emitía potentes rugidos. Lo cierto es que se trataba de un animal real, de gran tamaño y que nadie antes había visto merodeando por la zona.

Durante tres meses las pertinentes autoridades valencianas patrullaron las calles de Valencia, esperanzados por dar caza a tan extraño animal. La búsqueda de este ser fue infructuosa. Según los testigos, la última vez que se vió,  fue cerca del Convento de la Trinidad, dirigiéndose hacia el puente de mismo nombre ,donde se lanzó al agua. Sus rugidos se perdieron junto al rugir de la tormenta que llegaba a su fin, pero... ¿fue también su fin? 




martes, 8 de agosto de 2017

LA ESTACIÓN DEL NORTE, 100 años de trenes en Valencia

Estación del Norte de Valencia
Fotografía: J. Luis Vila Castañer 

EXTRAMURS
La Roqueta.

Callejero, hoy 8 de agosto de 2017 te sugiero que recorras la avenida del Marqués de Sotelo y admires el gran edificio que se levanta al final de la misma, que como muy bien sabrás se trata de la Estación del Norte. La estación de ferrocarril que el día de hoy cumple 100 años de su inauguración.
Ven a resguardarte del calor de este verano en su hall, acomódate en uno de sus bancos y mientras te relataré la historia del edificio al  que acabas de entrar.

Antes de comenzar sería mejor  que te relatará, brevemente,  la historia del ferrocarril de España. Hay que remontarse al año 1843, cuando los españoles comenzaron a tener ganas de conocer este nuevo tipo de transporte. Tuvieron que pasar algunos años hasta 1855, cuando se decidió realizar varios proyectos de ferrocarril para conectar Madrid con el norte de España, lo que entusiasmaría a Vizcaya, ya que tenía gran interés por la creación de dicha línea para conectarse con la capital, debido a su industria siderúrgica y el ferrocarril sería un medio idóneo para transportar sus productos a Madrid.

Desde el primer momento que se aprovó el proyecto de construcción de la línea de ferrocarril se comenzó a denominarse “del Norte” y su recorrido sería de Madrid a Valladolid, Burgos y finalmente Bilbao. Durante ese tiempo, el gobierno de Espartero creó la Ley de Ferrocarriles, un 3 de junio de 1855, para poder otorgar una serie de leyes a este nuevo transporte que recorrería nuestro país, pero no fue hasta el 29 de diciembre de 1858 cuando se fundó en Madrid oficialmente la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte (CCHNE) con un capital de 380 millones de reales. Siendo esta la red más extensa de España, hasta que fue nacionalizada en 1941 como Red Nacional de Ferrocarriles Españoles (RENFE).


Mapa de España de las líneas ferroviarias de Renfe (1941)
Pero volviendo a la época, como consecuencia de la Tercera Guerra Carlista, durante el periodo de recuperación económica, muchas compañías ferroviarias se hallaban en una difícil situación financiera e incapaz de hacer frente a sus deudas, Caminos de Hierro del Norte decidió expandirse rescatando y anexionando pequeñas líneas ferroviarias. No fue hasta 1891, tras el fallecimiento de José Campo Pérez, que la CCHNE se amplió, al unirse con la Sociedad de Ferrocarriles de Almansa a Valencia y Tarragona e incorporándose las vías de Tarragona, Valencia y Gandía y Almansa. Finalmente el 1 de enero de 1892 volvió a crecer con la Sociedad de los Caminos de Hierro del Este de España, la actual línea Valencia – Utiel.

Ahora que ya conoces brevemente la historia de los trenes y las vías valencianas, es momento de regresar a la historia de la Estación de Ferrocarriles de la Compañía del Norte, más conocida por nosotros como Estación del Norte,  porque es de la compañía ferroviaria de donde procede su nombre “del Norte” y no porque, como muchos creen, su fachada mire al norte.


Antigua estación de trenes de Valencia.
Como ya he comentado, originariamente en Valencia existía una primitiva y pequeña estación de trenes, la primera de la ciudad, construida en 1851 por los ingenieros James Beatty y Domingo Cardenal Gandasegui. Era de estilo clásico, con un pórtico y columnas dóricas, inaugurada el 21 de marzo de 1852. Se encontraba en la actual Plaza del Ayuntamiento, entre los edificios de Telefónica y el de La Equitativa,  sobre los terrenos de los huertos y el cementerio del antiguo convento de San Francisco. Estuvo dando servició hasta la inauguración de la actual Estación del Norte.


Ubicación de la antigua estación, al fondo el gran terreno que ocuparía la actual. 

Parte posterior de la antigua estación, en el skyline se aprecian las
 torres de Santa Catalina, el Miguelete, San Martín y San Lorenzo.


La Estación del Norte que hoy conocemos fue proyectada en 1906 por el arquitecto valenciano Demetrio Ribes, arquitecto de Caminos de Hierro del Norte desde 1902 y creador de las estaciones de Principe Pío de Madrid y la de Barcelona. Pero fue la de su tierra natal, la obra maestra en su arquitectura ferroviaria. La levantó sobre unos terrenos no urbanizados, cerca de la antigua Puerta de la Ruzafa, la estación ocupó una superficie de 3.000.000 m2 , con un  diseño de edificio funcional y artístico al mismo tiempo.



Las puertas abiertas y las vías de tren que la atravesaban 
La fecha de inicio de las obras fue el 2 de agosto de 1906, siendo inaugurada el 8 de agosto de 1917. Anecdóticamente, se puede comentar que durante las obras de construcción de la nueva estación, los trenes traspasaban las puertas de la fachada para llegar hasta la antigua estación, lo que sería actualmente el recorrido de la avenida de Marques de Sotelo a la Plaza del Ayuntamiento.
Lo primero que vemos nada más cruzar la calle Xátiva es un gran patio descubierto, cerrado por una verja de estilo vienés que separa la estación de la concurrida calle, en su origen en esta plaza se encontraba un pequeño jardín con una fuente que hoy en día está ubicada enfrente la iglesia de Santa María del Mar.

Vista aérea donde se aprecia la fuente y el pequeño jardín.
Si alzamos la vista podemos observar la fachada principal, de gran peso visual gracias a su diseño horizontal y otorgándole un carácter casi de fortaleza con esos tres torreones, dos en cada uno de los extremos y el tercero en el centro, resaltando una puerta principal, donde en su ático podemos ver la imagen de un águila sobre el orbe mundi, símbolo de la velocidad.
La fachada está formada por dos plantas combinando su composición de dinteles y molduras, junto con pilastras y elementos de reminiscencia clásica. La cornisa está rematada por pináculos de apariencia almenados.
Vista frontal de la fachada de la Estación del Norte
Estrella de la CCHN
fotografía: Isabel Balensiya
Estilísticamente, la fachada se puede catalogar como sezesion vienesa, y con algunas reminiscencias del gótico perpendicular inglés, que con el tiempo sería conocido como racionalismo.
Detalle de un escudo de la ciudad
La base arquitectónica de extremada sobriedad, se recargó con una decoración de exquisitas piezas ornamentales de cerámica, de la fábrica de La Ceramo de Benicalap, donde se aprecian guirnaldas de hojas de  naranjo y naranjas, alegoría de la riqueza agrícola que mantenía la ciudad a principios del siglo XX, junto con un gran valor simbólico como reflejan los escudos de la ciudad de Valencia y sobretodo destacan estrellas rojas de cinco puntas, emblema de la Compañía de Caminos de Hierro del Norte. 

También son dignos de mención los dos paneles cerámicos que flanquean la antigua puerta de acceso principal, obra de José Mongrell, que simbolizan a la Guardesa de Día y la Guardesa de Noche.



Mosaico de bienvenida 
Al traspasar la pesada puerta de madera, nos encontramos el hall de bienvenida al viajero, un gran vestíbulo estilo Art Nouveau donde, enmarcados en los pilares, encontramos la frase Buen Viaje en todos los idiomas, realizados en la técnica valenciana de trencadís (azulejo troceado), y el mismo estilo de mosaico que recubre las paredes, columnas y hasta las bovedillas del techo que cubre el zaguán con motivos regionalistas o productos de la huerta valenciana. Combinando con la cerámica, en la lujosa recepción encontramos la madera tallada que conforma el diseño de las taquillas y los arrimaderos originales de la época de su construcción.

Hall de la estación en su inauguración. 


Hall hoy en día, conserva la misma esencia que hace 100 años.




Las bovedillas decoradas del techo.
Las taquillas de madera centenarias 
Para hacer la espera del tren más agradable y cubrir las necesidades de los viajeros, en la parte derecha del vestíbulo se encontraba una cafetería, (actual Sala de los Mosaicos) que al igual que la fachada y el hall está profusamente decorada con cerámica de La Ceramo. Aquí podemos admirar grandes paneles cerámicos, obra de Gregorio Muñoz, que representan alegorías valencianas de paisajes y monumentos. También, el panel cerámico de una mujer ataviada con el traje regional, para el cual sirvió de modelo Josefina Momblanch, cuñada del arquitecto Demetrio Ribes.


La Cafetería de la Estación

La Cafetería hoy en día como sala de exposición temporal


Fotografías del montaje de la gran cubierta. 
Al salir del edificio de viajeros entramos al gran hangar de los trenes, donde se encuentran las distintas vías. El lugar mantiene un decoración similar al resto del edificio ya comentado, solo que lo que aquí destaca por encima de todo, es la gran cubierta de hierro de estilo modernista de la sezesion vienesa. Una inmensa marquesina de estructura férrea de apoyos articulados, que constituyó una gran ostentación en aquella época, ya que cubre una luz de 45 metros, atravesada por un lucernario central que sirve tanto para la entrada de luz como de ventilación de los trenes. Todo ello se diseñó en los talleres madrileños del ingeniero Enrique Grasset, que posteriormente llevó a Valencia donde la montó y colocó en 1916.


El gran hangar y las vías de tren. 



El gran hangar con las vías hoy en día. 
Finalmente, al cabo de once años, la estación fue inaugurada un 8 de agosto de 1917, prestando sus servicios ferroviarios a la ciudad de Valencia, hoy hace justamente  un siglo.

Vista del hangar y los trenes.

Actual vista del hangar y los trenes. 

¡¡ Que tengáis un buen viaje y disfruteis de vuestras vacaciones !!