lunes, 31 de octubre de 2016

Qué no cuenten viejos pétalos de plástico... (Esencias de Valencia #4)

Olvidada tumba en el cementerio de Valencia 
JESÚS
Camí Real

Quisiera que hoy leyerais mis palabras, sin prisa alguna, comprendiendo cada una de ellas, sintiéndolas desde lo más profundo de vuestras almas…

Me gusta rondar por los camposantos porque son lugares llenos de arte, para quienes lo sabemos apreciar, con estatuas dramáticas y teatrales con infinitud de detalle, que rivalizan con la gracia de las más simples y humildes. Pero para muchos de vosotros, solamente se trata de una especie de jardín olvidado, lleno de estatuas frías sin sentimientos, de miradas profundas y medias sonrisas congeladas, nostálgicas… junto un liviano sol que no calienta, que poco a poco va desgastando el color de los mármoles de las fachadas de estas últimas villas de reposo eterno que se engalanan con el verdín del bronce bruñido o el húmedo musgo. Algunas sin letras, haciendo olvidar hasta al morador del nombre que una vez tuvo, y lo que es peor que quien pase por allí tampoco pueda leer su nombre.
Porque no cuesta nada pararse a leer cada frase, cada poema dedicado a esas personas que ya no están entre nosotros, o sus nombres e imaginar cómo fueron sus vidas en tiempos pasados.

En todos los camposantos existe una maldición, se trata del olvido. Porque al entrar en la corte del Reino de los Muertos, las visitas son continuas acompañadas de flores, de velas, de oraciones… pero poco a poco dejan de llegar las visitas, ya nadie pronuncia sus nombres, ni limpia con nostalgia la antigua fotografía. Pero aun así hay quienes que los unos de noviembre, un único día al año, deciden cruzar la oxidada y pesada verja de la puerta de los cementerios, para visitar aquellos que allí residen.

Algunos posarían en sus vecinos sus miradas húmedas, si aún tuvieran ojos, y algunos otros murmurarían envidiosos si aún conservaran sus lenguas… Pero todos ellos se mueren de aburrimiento, acostados en sus lechos de madera, con los brazos sobre el pecho y contando los viejos pétalos de plástico, si es que aún tienen flores. Condenados a una damnatio memoriae por parte de aquellos que una vez les amaron. Ya lo decían los antiguos: olvidar es morir dos veces.

Cuando paseo por los cementerios me viene a la mente aquel poema de Bécquer que decía: ¡Dios mío que solos se quedan los muertos!  

Porque seguramente las noches son frías y húmedas, se oye quejarse a los recién llegados, los cuales duramente tendrán que acostumbrase a este silencio, a este olvido en que nunca nadie ha sido preparado, porque en Vida no se habla del Mundo de los Muertos, todo es silencio, no se quiere saber nada de los “eternos moradores” salvo que estos sean hijos ilustres de la ciudad, famosos artistas, arquitectos, pintores, etc. Nunca hablan de ellos, nunca se piensa en ellos, cuando alguien se muere es olvidado en unas pocas generaciones, un biznieto nunca visitará a sus bisabuelos, ni muchos menos a sus tatarabuelos… ¡Si es que saben dónde se hayan!

En unas décadas, tú callejero, te convertirás en un antepasado olvidado, no pronunciaran tú nombre, no te llorarán…

Por eso quiero decirte que cuando alguien muere, no es el final de la historia, hay que recordar la historia completa de esa persona, y que un camposanto es un lugar conmovedor, lleno de esas historias… la madre que ha perdido un hijo, ese bebé que voló al cielo nada más nacer, esos abuelos, padres, esos hermanos, ese marido, esa esposa… es un lugar cargado de paz de tranquilidad…Por eso me gusta ir de vez en cuando a este lugar, e imaginar donde acabarán mis restos, quienes descansaran junto a mí… quien se parará un instante frente a mi lápida. 

Así que desde aquí os pido que vayáis a visitarlos, no los olvidéis, que no cuenten viejos pétalos de plástico. Porque si los muertos hablaran os dirían: Recordadnos… 


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